Recuerdo como si fuera ayer. Era como la 5ª vez que iba al estadio. Corría el año 81, y como vivíamos en la villa Los presidentes, mi papá me llevaba a ver el clásico con los indignios. Nos íbamos caminando, pues el estadio estaba relativamente cerca y el trayecto era entre macul y el nacional, él me llevaba en brazos. Yo llevaba mi bandera de tela como de cebolla, esa que tenía los rostros de los jugadores en el interior de la “U”. Recuerdo que salían Carvallo, Socías, Liminha, Ashwell, Achondo, y obviamente Hoffens junto a Castec, entre otros. Para nuestra desgracia, para cuando habíamos llegado al estadio, ya no vendían más entradas, pues estaba lleno. Recuerdo clarito esos momentos, pues cruzamos Grecia al restorán que había al frente, justo donde antes estaba la parrillada argentina y la comida china. El restaurante estaba lleno de hinchas que habían quedado fuera. Yo era chico y veía a todos grandes; estábamos sentados en una mesa cuadrada, esas con una melamina plástica carcomida y con sillas como de colegio, de esas ultra duras, pero con fierros en lugar de tubos. Después de que mi papá me pidió un sorbete letelier y una orange para él, apareció un señor que era amigo del barrio, pues vivía en las casas que estaban frente a los blocks, cruzando Juan Moya y a veces pasaba vendiendo, cuando antes habían cerros de escombros en lugar del hermoso parque que existe ahora. El asunto es que este tipo se sentó con nosotros a escuchar el partido y quiso hacerse el gracioso. Acto seguido, me pidió la bandera para flamearla y después arrojarla al piso y burlarse. Recuerdo como si hubiese sido ayer: Mi viejo no lo tomó como una talla, se paró de la silla, le botó los maníes que estaba vendiendo, tomó al gil del cuello y le dijo que me recogiera la bandera de inmediato, me la entregara en la mano y me pidiera disculpas. Me asusté por la cara que puso mi viejo y me dio pena el tipo al verlo recoger los maníes y pedirme disculpas con la camisa toda desguañangada y asustado. Mi papá también le pidió disculpas por la reacción y lo invitó a una bebida. No me he podido acordar del resultado del partido, pero si sé que lo escuchamos enterito, pues en aquellos años cortaban el tránsito en Grecia y había que esperar las micros que se estacionaban afuera, con los vidrios pintados con tiza húmeda, indicando el recorrido especial para la ocasión. Una vez arriba, había que esperar que se llenara. Lo mejor de todo, las tallas arriba, tanto al chofer como entre los hinchas. Como siempre, las mejores tallas eran las de los hinchas azules, obvio. Desde aquella vez, mi pasión por la “U” creció, pues más encima salió campeón el colo y con pena y amargura miraba, desde la ventana del cuarto piso donde vivía, como casi todos mis amigos festejaban con una bandera grande; encendían antorchas con diario y daban vueltas en la plazoleta interior de los blocks. Paraban frente a mi ventana y cantaban “arriba de un alto pino...” Les gritaba cosas y juro que lloraba de rabia y amargura, pues quería estar celebrando como ellos, pero con mi equipo, la “U”. Algún día sería así... Gracias papito, pues a pesar de no tener nada, me lo diste todo. Gracias.


Francisco Morales (Pancho Jarkor)