Bajamos al subterráneo del único local abierto en aquel tramo entre calle Estado y Plaza Italia.  Estaba todo cerrado, como buen día domingo a las 21 horas, y ese mítico local de entretención que tenía el letrero “juegos electrónicos”, el mismo que no cerraba ni para el 11, ese que albergaba a oficinistas, vendedores ambulantes y escolares que gustaban de los flippers y video juegos de las época, era ahora el que acogía nuestra pena, nuestra última parada después de descender.

Estábamos exhaustos, había sido una larga y agotadora jornada, donde de pura rabia y dolor habíamos caminado muchos kilómetros, desde “El Mono Pilucho” hasta ese local de juegos electrónicos, con un calor tremendo de esos que hacen arder hasta las plantas de los pies, traspasando cualquier tipo de suela.

Jugamos las últimas fichas antes de despedirnos y compartir los últimos momentos junto a nuestro querido amigo León Maza, quien pronto dejaría el país.

Recuerdo como si fuese ayer aquel domingo 15 de enero de 1989, nos Bajamos de la micro en Grecia con Campo de Deportes junto a mi amigo León, para juntarnos con nuestros amigos "Tico", "Chuleta" y "Mladem". Eran las 3 de la tarde y el calor era abrazador, si parecía que el pavimento se derretía y el único que parecía soportarlo mejor era nuestro amigo León, quien pese a los más de 30º  era fiel a sus bototos, claro que en la cabeza no sufría por el insoportable calor, puesto que el rapado de mohicano le permitía estar “más fresco”.

Entramos junto a otro grupo de amigos, entre ellos Monín, Negro Ojeda y los hermanos Castro. Nos ubicamos como de costumbre en el sector sur, pero esta vez arriba de la barra oficial ya que nos solicitaron no ubicarnos abajo, aduciendo que hacíamos mucho desorden y descoordinábamos a la barra con nuestros cánticos distintos.

Llegó mucho público, 20 ó 25 mil personas aproximadamente, tal vez intuyendo que, por ahora, sería el último partido de la “U” en primera división. El lado norte no podía ser ocupado, estaba cerrado, pues una semana antes yanaconas de blanco y negro quemaron tablones de ese sector e incluso sus emblemas, por la derrota de 3-0 propinada a manos del equipo azul.

El sol golpeaba con más fuerza dentro del estadio, así que nos guarecíamos bajo algunas banderas de hinchas que estaban adelante nuestro, a la espera del comienzo del compromiso.

Emotivo recibimiento al equipo en las gradas, cantamos con más fuerza para que escucharan nuestro clamor de aguantar en primera. Comienza el partido y pronto sabríamos que el partido no estaba “arreglado” y Cobresal venía por el triunfo, puesto que antes de los 10 minutos el negro  Salgado ya nos asestaba la primera estocada después de que el árbitro Guerrero marcara penal. Pensar que estos dos personajes después dijeron haber sido simpatizantes de la Universidad de Chile.

El  calor parecía quemar nuestras gargantas así que por turnos bajábamos en búsqueda del vital elemento para recuperar fuerzas, las mismas fuerzas que necesitaríamos más tarde.

Termina el primer tiempo por suerte, ya que la “U” sólo había tenido una o dos oportunidades, nada más. En ese entretiempo pensamos que tal vez Pellegrini arengaría a los 11 leones azules a que salieran a dar vuelta el partido en la segunda mitad. Por mientras, nosotros bajábamos raudos en búsqueda del refresco en los húmedos baños del estadio Nacional. Allí bebíamos cual camiones cisternas succionaban agua de un grifo y de pasadita mojábamos nuestras poleras para que éstas sirvieran como toldo refrescante sobre nuestras cabezas para soportar los nervios y la tensión del segundo tiempo que sería el más largo de nuestras vidas . Nos quedamos conversando en la sombra de los frescos pasillos de las galerías del Nacional, en especial aprovechando los últimos momentos junto a nuestro amigo León, quien muy pronto partiría rumbo a Canadá, en búsqueda de las oportunidades de prosperidad  que les fueron tan esquivas a su familia acá en Chile.

Empieza el segundo tiempo, subimos a nuestros puestos de aliento cuando con asombro veíamos como el marcador apuntaba un fatal 0-2 en contra. Los minutos avanzando en el reloj lateral, al maldito tiempo se le ocurrió avanzar más rápido de lo normal, como si se tratara de la cuenta regresiva para que se abrieran las puertas de un infierno que se llamaba segunda división. El calor arreciaba con más fuerza, lo que hacía sentir más cerca el descenso a las llamas y rogábamos para que ese reloj electrónico se detuviera y  así nuestros gallardos jugadores tuvieran tiempo para poder revertir el marcador.

A todo esto, había doble incertidumbre, puesto que dependíamos del resultado de otro partido, donde se suponía que Unión Española sería la víctima y quienes nos reemplazarían en el purgatorio y así mantenernos con vida en Primera.

Así llegó el descuento de mi ex vecino Álvaro Vergara y ya casi terminando el partido llegaría el éxtasis con el gol del empate de un humilde y callado porteño llamado Jorge Pérez, quien era un buen jugador y no le pesó la 10 de Mondaca en aquellos años de pobreza (87-88).

La algarabía era total, todos cantábamos y celebrábamos, hasta que llegó el pitazo final. Todos pendientes de quienes tuvieran sus radios a pila o personal estéreos para saber si realmente nos salvábamos con aquel resultado. El ambiente era muy extraño, pero no impidió que las poco más de 20 mil almas azules que aquella tarde llegamos, nos derretíamos por el  calor, ni que menos dejáramos de cantarle a nuestro limitado y humilde plantel, conformado por escasas figuras de renombre, tal vez sólo una: Patricio Reyes, y más bien con símbolos como lo eran el “chico” Hoffens o el “car’e pato” Rivas. El resto, jugadores esforzados y aguerridos que jugaban con el corazón.

Bajamos rápidamente a nuestro verdadero puesto, allí junto a la reja. Todo era confusión, pues no supimos realmente que habíamos descendido hasta que los jugadores se devuelven, se despojan de sus camisetas y comienzan a agitarlas al compás de aquella mítica canción que rezaba: “Volveremos, volveremos… volveremos otra vez, volveremos a ser grandes, grandes como fue el Ballet…”

Nadie en el estadio se movía de sus ubicaciones, y el sol parecía darnos cada vez más energías; el cántico parecía no tener fin, sólo comparable al que alguna vez aguantamos al poco tiempo, ya en segunda y en el mismo estadio pero con lluvia y frío  ante General Velásquez, esa vez nos trasladamos a tribuna Andes y aguantamos una canción por más de 40 minutos.

Cuando Bajamos las escaleras para salir por los túneles, veíamos mucha gente sollozando a nuestro lado, pero eso no mermaba su fuerza en ese cántico sin fin, si hasta parecía que el corazón se les iba escapar de ese inflado pecho, nadie cabizbajo ni menos con la cabeza gacha; todo era muy surrealista, era difícil creer lo que realmente había sucedido; y para describirlo de algún modo, es sólo comparable con la partida de un ser querido, puesto que no se asimila hasta que ya es imposible autoconvencerse de que no es así.

La sensación vivida aquella tarde era única e irrepetible, fiel demostración del  sufrido sentimiento del hincha azul , sentimiento del cual nos sentimos orgullosos

A la memoria de León Maza San Juan.



Francisco Morales Pancho Jarkor